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Someday

Frances Banks fue a Nueva York con un sueño. Un sueño y un plazo límite. Con un trabajo de camarera y viviendo en un piso que comparte con sus amigos Jane y Dan —quienes también fueron a Nueva York con el sueño de entrar en el mundo del arte— Frances (Franny para los amigos) lucha por hacerse un hueco como actriz. Sin embargo, ha decidido que si en tres años no ha conseguido avances destacables recurrirá a su plan B: establecer una vida corriente de profesora y volver con Clark, su novio del instituto.

Franny estaba a punto de tirar la toalla cuando, a seis meses del fin de su plazo y sin nada conseguido, aparece como por arte de magia la oportunidad de su vida: dos agentes están interesados en ella. Esta nueva ilusión junto con su nuevo novio, James, un compañero de profesión muy reputado entre los novatos, hace de la vida de Franny un sueño. Tras citarse con ambos agentes decide inclinarse por Joe Melville, porque a pesar de que su otra opción, Barney Sparks, le inspira un cálido ambiente, el primero pertenece a una talentosa agencia, por lo que parece una opción que ofrecerá más oportunidades.

Sin embargo, toda esta excitación no dura mucho, pues la fecha límite se acerca y tras el barullo inicial solo ha conseguido una propuesta de trabajo como actriz que no parece convencerla y la pérdida de su trabajo como camarera. Su vida personal tampoco va muy bien: entre Dan y ella empiezan a surgir sentimientos que resultan incómodos, la relación con James empieza a perder la magia y, por casualidad, se entera de que Clark, su plan B, se ha comprometido con otra mujer. Su vida en Nueva York está perdiendo el encanto y lo único que le une a su antiguo hogar es su padre, con quien no consigue mantener una relación más allá de una comunicación entrecortada a través del contestador.

Durante el desarrollo del último tramo de su plazo la historia nos ofrece un punto de vista joven, vivaz y con la mentalidad luchadora de “no abandones nunca tus sueños” dentro de un mundo competitivo, duro y angustioso como es el de la interpretación.

Es uno de esos relatos con un final abierto, uno de esos libros que lees esperando ansioso el desenlace y en el que solo encuentras desarrollo. Llegas al final y piensas “¿eso es todo? ¿y qué pasa después?”. Sin embargo los personajes (hechos de la misma pasta que los de Friends o Las chicas Gilmore) su forma de vida, su humor sarcástico y su manera de ridiculizar la vida hacen de ese desarrollo una historia divertida y entretenida. Esta novela tiene además un aspecto curioso que hace su lectura original: la narrativa corriente se entrelaza con imágenes de la agenda de la protagonista y con los mensajes de su contestador, lo que permite incorporar saltos en el tiempo sin que el lector se pierda en la línea argumental, haciendo la lectura ligera y sacando una sonrisa.

La narrativa sencilla junto con el uso de un registro familiar en los diálogos hacen que el autor se introduzca muy bien en el ambiente juvenil que supongo que busca la autora. A pesar de ello es probable que el lector se sienta descolocado con algunas referencias (bastante recurrentes) a aspectos culturales (especialmente programas televisivos) situados, al igual que la historia, en los años 90.

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