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Reseña El maestro del Prado

Bueno, pues aquí me tenéis de nuevo, para contaros mis impresiones sobre la última obra de Javier Sierra, “El Maestro del Prado y las Pinturas proféticas”, que acabo de terminar de leer. Y digo bien de leer, porque lo que es tratar de asimilar, me temo que eso lo vamos a dejar en el intento.

La verdad es que la novela en si, y sintiéndolo mucho, he de decir que no me ha gustado. No me ha gustado nada.

En realidad es que hasta me resulta difícil, catalogar de alguna manera lo que acabo de leer. No se muy bien si se trata de una novela con una trama pobre, corta, plana y mas bien insulsa, o de la narración de una experiencia personal del autor, mas bien poco creíble, y desde luego creo que insuficiente para escribir un libro, o incluso de un tratado o ensayo sobre como interpretar la obra pictórica de artistas como Rafael, El Bosco, Boticelli, Tiziano, Brueghel el Viejo… y como no, el gran Leonardo (Da Vinci).

En cualquier caso, se trate de lo que se trate, el conjunto resulta a mi modesto entender del todo decepcionante. La trama de la historia, como digo, es escasa.

Fachada del Museo del Prado

Fachada del Museo del Prado

Año 1990 en Madrid, donde nuestro autor llega con apenas 19 años dispuesto a estudiar periodismo, a la vez que se abre camino en la gran ciudad. Aficionado a la pintura, en una de sus visitas al Museo del Prado, tropieza con un peculiar personaje que de manera misteriosa y a escondidas le va mostrando secretos de las distintas obras e instruyéndole en lo que se supone una forma de mirarlas, para poder entender las supuestas claves que contienen.

Y poco más.

Sucesivas visitas al museo en busca del citado “maestro” que parece haberle abducido. Otro par de visitas al Monasterio de El Escorial, donde contacta con su anciano bibliotecario en busca de más información. Otro personaje casi evanescente, un inspector de Patrimonio, que aparece para abordarle en el parque del El Retiro con más de lo mismo entre veladas amenazas que quieren aportar algo de misterio, pero que luego quedan en nada, entre otras cosas porque prácticamente desaparece de la trama. Y por último, una joven amiga del autor, que parece va a acompañarle en la aventura, pero que igualmente desaparece de escena sin más.

Eso es todo hasta un final que no voy, evidentemente a desvelaros, pero que si diré que está acorde con el resto.

Como veis, una trama excesivamente simple y de muy corto recorrido como para “enganchar” y encima con muy pocos personajes. El propio autor, protagonista principal y junto a él, el personaje mitad misterioso, mitad fantasmagórico, “maestro” Fovel, encargado de revelar al autor los secretos de los distintos cuadros que van apareciendo a lo largo del libro. Los otros dos o tres personajes, son o parecen casi accesorios e incluso anecdóticos.

Y es que parece que Javier Sierra hubiese apostado de forma deliberada por minimizar la historia en si, según él, un pequeño retazo de su propia historia, no lo olvidemos, para centrar mas de la mitad de la obra, en explicarnos pormenorizadamente todos los detalles, secretos y revelaciones que recibe en las salas del Museo del Prado, del curioso personaje que coprotagoniza la obra.

Pero resulta que, en esto también me he encontrado igual o más perdido. En este caso por todo lo contrario. Tal es la profusión de datos, claves y jeroglíficos que aporta sobre las distintas obras en que “el maestro” le va centrando en sus sucesivas visitas a distintas salas del museo. Tal es el aporte de personajes (conocidos unos y otros no tanto, al menos para el lector profano), sectas, logias, “familias”, que se conectan entre sí y con los personajes. Tal es el ir y venir, geográfico e histórico, por el que se pretende llevar al lector, que, la verdad, yo al menos he llegado a estar agobiado, cuando no perdido y cuando no, ambas cosas.

Museo del Prado Sala de Rafael Sanzio

Museo del Prado Sala de Rafael Sanzio

Y ello sin hacer del todo caso, a las distintas citas bibliográficas o pretendidamente aclaratorias (hasta 96), que se encuentran intercaladas en el texto, a modo de notas al final del texto, y que si pretendes seguir, te obligan cada dos por tres, a interrumpir la lectura, para ir a buscarlas al final del libro, justo antes del índice.

La obra, eso sí, se complementa con unas muy buenas reproducciones de las obras citadas, intercaladas en el texto unas y encartadas otras, en su justo sitio, y que para los menos avezados, nos ha sido de gran ayuda. Eso hay que reconocerlo y agradecerlo.

En fin, que no sé si para lectores entusiastas del tema, y avanzados en la materia, la obra pueda resultar interesante, incluso prescindiendo en este caso de la insulsa trama, que casi parece una excusa, para plantearnos todos los supuestos secretos que contienen un no despreciable número de obras de arte.

Obras de arte, que bajo el prisma de esa especie de revelación hecha al autor, no son sino imposibles jeroglíficos que nos trasmiten las claves definitivas para conectar el mundo material con el espiritual, con lo sobrenatural y vaya usted a saber con qué más.

Y todo ello motivado, porque pintores, escultores, escritores, filósofos… se vieron en su momento influenciados por distintas corrientes de pensamiento de muy distintos orígenes, y con un denominador común: el apartarse de las doctrinas y enseñanzas de la Iglesia “oficial”.

Corrientes que ya desde los primeros tiempos del cristianismo, dieron lugar a sociedades secretas, sectas, logias, familias… que con el paso de los siglos fueron apareciendo, desapareciendo y volviendo a aparecer prácticamente hasta nuestros días.

Museo del Prado Sala de Rafael

Museo del Prado Sala de Rafael

Perseguidas con denuedo, sobre todo en tiempos de la Inquisición, parece que algunos de sus miembros encontraron en el arte, una forma de transmitir hacia el futuro sus ideas, debidamente enmascaradas.

Bien, pues creo que aquí, en la lectura de esta novela, nos vamos a encontrar citadas a un buen número de ellas.

Tampoco faltan referencias por supuesto a textos famosos, que ya han aparecido en sus libros o en otros sobre el mismo tema. El “Apocalypsis Nova” que se encuentra en el Monasterio de El Escorial y que creo recordar que ya aparece en su obra “La Cena Secreta”, y como no, “La Divina Comedia” de Dante, entre otros.

Lo cierto es que uno puede dar mas o menos credibilidad a todos estas teorías y a los documentos y escritos que vienen a avalarlas o al menos a dar indicios sobre ellas. Pero creo que ello no tiene excesiva importancia, a la hora de leer la novela y juzgarla como tal.

En cuanto al tema de narrar (lo poco que narra), como una experiencia personal, pues la verdad es que se crea la duda de si ello es cierto y así, o simplemente es una licencia literaria, una forma de contarnos lo que quiere contarnos.

Si nos atenemos a lo que el autor ha manifestado en distintas entrevistas, parece que hemos de creer que sí fue una vivencia personal, aunque advierte , de que los nombres de los personajes y algunos escenarios han sido cambiados. Con tan pocos personajes y menos escenarios, no parece que haya de preocuparnos eso.

El autor e Iker Jimenez en la sala 56 junto al  Jardín de las Delicias (El Bosco

El autor e Iker Jimenez en la sala 56 junto al Jardín de las Delicias (El Bosco

Pero claro, si hemos de dar por cierto aquello de que “está basado en hechos reales”, y advierto que esto ya son reflexiones personales, por un lado estamos más bien ante un fenómeno “cuasi” paranormal, , y francamente, hasta ahí, yo personalmente no llego. Al hilo de lo paranormal, Iker Jiménez y su televisivo “Cuarto Milenio” ya dedicaron un programa al autor y al propio museo, aunque centrado en los misterios de las pinturas que aparecen en la obra.

No recuerdo si tocaron el tema de la vivencia personal aquí referida. Y por otro lado, me pregunto: Si esto le ocurrió hace la friolera de veintitrés años, una de dos, o ya en su momento reciente, escribió o al menos reseñó el suceso con profusión de detalles y lo guardó en algún cajón, para ir trabajando sobre ello, de vez en cuando, o este hombre, el autor, tiene una memoria fotográfica de elefante, para recordar tanto y tanto dato, después de tantos años por mucho que con posterioridad y cara a escribir la novela, haya realizado una prolija labor de documentación. Labor que hay que reconocerle, desde luego.

Museo del Prado Sala de Rafael Sanzio

Detalle de un cuadro de Rafael (retrato del Cardenal) con fecha de nacimiento y defunción

La verdad que el detalle me ha dado que pensar, y eso que en el algún momento parece que el propio Javier duda, de si se trata de una realidad, de un sueño, o de qué. O al menos eso pretende hacernos creer.

De la misma manera que también manifiesta dudas, al principio de la obra, sobre la conveniencia o no de publicar la “experiencia”.

No voy a ser yo aquí, tan tajante como para manifestar que mejor sería que hubiera optado por lo segundo. Y no, porque entiendo que va a haber muchos seguidores, “fans” del tema, que seguramente van a estar encantados con la obra y con los datos que aporta.

Pero, entiendo que podía haber escrito de otra forma, para hacer más amena la obra a los más profanos. Haber novelado más la trama, para que, los que nos gusta leer historias además de “Historia”, hubiéramos encontrado algo de sustancia, de entretenimiento.

El autor frente al retrato de Carlos V en la batalla de Münlber (Tiziano)

El autor frente al retrato de Carlos V en la batalla de Münlber (Tiziano)

Algo si está claro, al menos para mí: Javier Sierra, escribe bien, muy bien.

Pero en esta ocasión, y siempre a mi modesto entender y desde el respeto, escribir bien no ha sido suficiente. Sobre todo porque cuando una obra trata, por encima de otra cosa, de aportar datos y datos profusamente ilustrados y documentados, escribir bien, es casi lo menos importante.

Quizá por eso, porque esperaba una historia con datos, y no datos, muchos datos, envueltos en una inconsistente historia, es por lo que el libro me ha decepcionado.

En fin esperaremos, no obstante, a su próxima obra, para comprobar si esta deriva se mantiene, o sólo ha sido un paréntesis en su, por lo demás exitosa obra.

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