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La primera mentira

El argumento es el siguiente: Luca es un niño de 9 años sin padre (le abandonó al nacer, o incluso antes) que vive con su madre y su gato Blu. Un día descubre que su madre ha muerto mientras dormía.

Lo primero que se le pasa por la imaginación es que ahora tendrá que ir a un orfanato y sabe (por los cuentos que le ha contado su mamá) que son sitios horribles y él no quiere ir allí.

¿Qué hacer pues? Fácil, no decírselo a nadie y hacer como si no hubiera pasado nada. Pero esta solución, que no es fácil pero sí la única que ve Luca, es demasiado pesada para él.

Poco a poco se va dando cuenta de la dificultad que entraña vivir así: Se le acaba el dinero para comprar comida, no tiene ropa limpia que le dure eternamente, no puede seguir diciendo a Giula, la amiga de su madre, que ahora no se puede poner al teléfono, no puede invitar a su amigo Andrea a casa porque su madre “huele”, su madre no puede estar siempre en el médico con el móvil apagado “y no se la puede llamar”…

Y la mentira se va haciendo más grande. Le gustaría poder contárselo a alguien, a algún amigo, pero no se fía, lo mismo se les escapa y algún adulto se entera.

Luca habla con su madre, el silencio de la casa le puede ¿Podría ir al cine con Andrea, su madre y su hermana? ¿No me dirás ahora que no te enfadas y luego resulta que sí te enfadas?

Y además tiene miedo. Miedo de que le pillen, miedo de vivir sólo en casa, miedo de acabar en un orfanato, miedo de todo. No se atreve a pensar en el futuro, el futuro no existe, sólo existe el ahora, un gran e inmenso ahora.

La solución no es tan buena como parecía. Esto se le está yendo de las manos ¿Qué hacer? La situación le está produciendo un agobio insoportable, que apenas le de deja respirar ni pensar.

Aunque está anunciada como la primera novela de Marina Mander, no deja de ser un cuento algo más largo de lo habitual.

El personaje de Luca está bastante bien retratado, sin caer en la caricatura infantil nos encontramos, por el contrario, con un niño obligado a adoptar el papel de un adulto, a pensar como un adulto, a bregar con situaciones de adulto, pero sin serlo, sin la capacidad resolutiva o de raciocinio que necesita para manejar todo lo que llueve.

Narrado en primera persona, Luca comparte con nosotros sus problemas hasta hacer que los sintamos como propios y te dan ganas de decirle lo que tiene que hacer, de abrazarle para que no tenga miedo, de intentar participar en su vida, de compartir su congoja.

Un estilo claro, sencillo, directo, a pesar de ser una narración parece más un diálogo, un diálogo de Luca con el lector, con un ritmo rápido, fluido. Sólo transcurren apenas dos semanas, pero parece que llevas compartiendo la angustia de Luca durante mucho más tiempo, parece que le conoces de toda la vida. Mientras te cuenta su problema de “ahora”, te va explicando toda su vida anterior con su madre, a retazos, a saltos, como lo haría un niño.

No obstante, no me ha terminado de gustar por varias razones: No me gustan los cuentos, no me gustan los libros protagonizados por niños, aunque sean libros para mayores, y no me gustan las tragedias, y menos tan asfixiantes. La lectura del libro no me ha hecho llorar, sólo sentirme mal, apenada, angustiada, aterrorizada de pensar que yo pudiera ser el protagonista.

Pero como todo esto es una apreciación muy personal, no pretendo con ello desmerecer la valía del libro, que está muy bien escrito. Un libro que te transmite unas sensaciones tan intensas, es un buen libro, y conseguir que te metas en la piel del personaje es muy difícil, hay que construir muy bien ese personaje.

Por eso es seguro que la mayor parte de los lectores de este libro tienen una valoración mucho más positiva que la mía.

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