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Lanzarote

(Ver Leyendo-Ficha técnica)

Lanzarote ha abandonado la corte pues Ginebra así se lo ha pedido. Ginebra se debate entre su amor, su respeto y su admiración por su marido y su rey, y su pasión, su fervoroso amor por Lanzarote. Este amor es tan grande que puede poner en peligro su matrimonio, su reinado e incluso sus vidas y decide que lo mejor es poner distancia entre ellos dos.

Lanzarote ha jurado lealtad a su rey, Arturo, su estimado señor y soberano, pero, sobre todo, ama de manera incondicional a Ginebra. Ella es el centro de su vida, su estrella, su guía… Él hará lo que Ginebra quiera, aunque esto le suponga un dolor sin límites. Además, ambos sabían que no podían dejar que su amor creciera.

Lanzarote vuelve al Lago Sagrado, su hogar. Siendo muy pequeño, apenas seis años, la Señora del Lago Sagrado se lo había llevado para criarlo como a un hijo, para hacer de él un caballero sin parangón en el mundo entero.

La Señora le acoge con cariño pero ella tiene una visión: Arturo está en peligro y Lanzarote debe volver para ayudarlo. Ante esta tesitura Lanzarote vacila entre dos lealtades: Su rey le necesita pero ha prometido solemnemente a Ginebra que nunca volvería ¿Qué puede hacer? ¿Qué tiene que hacer?

Lanzarote vuelve a la corte  para defender la vida de su rey y, de paso, para ver de nuevo a Ginebra, su amada.

Ajeno a estos amores, Arturo decide que su mejor caballero, el más honorable, el más noble, distinguido, el más valiente y el de mejor corazón… necesita una esposa y así nunca volverá a abandonar la corte. Y ¿a quién le confía la tarea de buscarle una compañera? Sí, a Ginebra.

Tarea inútil, pues ni Lanzarote ni Ginebra están por la labor. Después de cada encuentro de los amantes, Ginebra siente terribles remordimientos, una culpabilidad sin límites.

En uno de estos arrebatos aleja de su lado a Lanzarote y este se marcha nuevamente a su destierro, pero por el camino, defendiendo la vida de dos caballeros que están siendo atacados por unos bandidos, Lanzarote es gravemente herido. Los caballeros, agradecidos, le llevan a su castillo, Astolat, donde su hermana Elaine se encarga de cuidarle hasta que se recupera. La Bella Elaine, la dama de Astolat, se enamora de Lanzarote y le propone matrimonio que él rechaza, enamorado como está de Ginebra.

Elaine de Astolat, muerta de amor por Lanzarote

Elaine de Astolat, muerta de amor por Lanzarote. The Lady of Shalott, pintada por John Atkinson Grimshaw en 1878

Pero hasta Ginebra llegan otra versión muy diferente, la de que por fin Lanzarote ha encontrado una bella esposa. Ginebra es diez años mayor que Lanzarote y, aunque le ama profundamente, siente que él es merecedor de alguien más joven, pero los celos la vuelven loca. Cosa curiosa teniendo en cuenta que ella está casada con Arturo y hacen vida marital en toda la extensión de la palabra.

Cuando Lanzarote vuelve a la corte, como boomerang lanzado por Ginebra, ésta ha dado crédito a los rumores y presa de celos salvajes le vuelve a desterrar de la corte y de su vida. Para siempre. Y él, que a pesar de todo siente por ella un amor sin condiciones, la obedecerá ciegamente y cumplirá todos sus deseos, a pesar del dolor que esto pueda causarle.

Elaine de Astolat se suicidará y su cadáver llegará hasta Camelot junto con una nota en la que explica que muere porque Lanzarote no la quiere, porque la ha confesado que para él sólo hay una mujer: Ginebra. La reina se da cuenta de su error y de lo cruel que ha sido con Lanzarote al que nunca volverá a ver.

Pero volverá. Volverá tantas veces como ella se lo pida, para volverse a marchar cuando ella lo decida. Porque cada vez que tiene un problema Ginebra sabe que sólo puede recurrir a Lanzarote. Sólo él NUNCA la fallará: Él es su caballero y ella su dama.

Lanzarote<em> (El primer caballero -1995)</em>

Lanzarote (El primer caballero -1995)

Esta actitud de Ginebra puede parecer egoísmo, pero a mí me parece muy razonable. Es algo difícil de explicar y es que las mujeres –unas más que otras- somos muy complicadas. No utilizamos el mismo estándar para todas las personas y todas las situaciones. Y esto nos parece justo y hasta lógico.

Esta es la segunda de las tres narraciones que componen la Trilogía de Ginebra, de Rosalind Miles y, aunque no de manera exclusiva, se centra principalmente en la difícil relación entre Ginebra y Lanzarote, pero el escenario de la historia es la corte del rey Arturo, los caballeros de la Tabla Redonda, Merlín y la malvada hada Morgana.

Isla Sagrada de Avalón

Isla Sagrada de Avalón

Y la sempiterna sombra de la iglesia católica que se cierne sobre Bretaña y acecha a la espera de su oportunidad para acabar con los ritos y creencias ancestrales y la fe en la Gran Madre, e implantar la adoración al único Dios, la supremacía del hombre sobre la mujer y la sumisión del pueblo.

Y para esto vale todo, empezando por intentar convencer a Arturo para que cambie sus creencias, pasando por intentar destruir la Sagrada Isla de Avalón, donde la Señora, como una gran sacerdotisa, custodia las reliquias de la Madre y glorifica su culto. Ginebra será el obstáculo que deben salvar los siervos de Roma.

He leído un comentario acerca de este libro en el que se dice que no es más que una novela romántica para quiceañeras y puede ser que tengan razón. El lenguaje que utiliza la autora es claro y sencillo, apto para todas la edades y el tema no es original, ni siquiera los personajes, harto representados, novelados y fabulados.

Esto puede quiere decir que la autora no será merecedora de un premio nobel por su obra, pero no quita para que sea una lectura entretenida. Y tengo que decir a su favor que juega muy bien con el ritmo y los tiempos que dedica a cada personaje y cada escenario alternándolos con destreza. Las escenas románticas tienen la suficiente tensión para emocionar, sin resultar vulgares u ordinarias, y los personajes están construidos con habilidad suficiente para que cada uno tenga su propio peso específico en la historia.

Ese comentario me ha hecho rejuvenecer. Me he sentido como una quineañera romántica. He vivido estas aventuras como  si yo fuera la mismísima Ginebra. He quedado perdidamente enamorada de Lanzarote, aunque sigo queriendo, valorando y respetando a Arturo  😉

Mi marido dice que Ginebra le resulta “un poco golfilla”, pero están tan bien descritos, tan bien expresados sus sentimientos, que no sólo la entiendes, sino que la justificas y tú misma te ves metida dentro de su piel y sintiendo lo mismo que ella siente por sus dos hombres. Aunque creo que yo hubiera sido menos formal y habría abandonado todas mis responsabilidades y compromisos para huir con Lanzarote, sobre todo si me dice cosas como esta:

Señora, sois la mujer de mis sueños. Nuestro amor une el Otro Mundo con éste y con el que ha de venir. Si os pierdo, os buscaré en los tres hasta encontraros.

Además, Arturo no es totalmente inocente…

Ginebra, Arturo y Morgana

Ginebra, Arturo y Morgana

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