RSS
Entradas
Comentarios

Los almajos

(Ver Leyendo-Ficha técnica)

Empezaré por decir que no me ha gustado mucho esta novela, como podéis ver por la calificación que le he dado.

La historia no esta mal: un hombre joven que vive en un pequeño pueblo y que va a casarse al día siguiente, hace un examen retrospectivo de su vida desde que estalló la guerra civil hasta ese mismo momento. Un buen hombre, tímido, con poco dinero y un trabajo no demasiado bueno. Pero he ahí que ha tenido la suerte de emparejarse (o de que lo emparejen) nada más y nada menos que con la maestra del pueblo, una mujer culta y socialmente reconocida, con la que no tiene nada en común, pero de la que se siente orgulloso. Orgulloso de ser su novio, se entiende, no de ella.

No sabe muy bien cómo llegó a ser quien es, ni porqué el inicio de la guerra le cogió en un bando y el final de la contienda le encontró en el otro. Su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo, algunos en situaciones parecidas a la suya. Repasa su vida con lentitud, con tristeza, da la sensación de que le espera el patíbulo y no una nueva vida junto a su futura mujer.

Una novela muy introspectiva. El pobre hombre no hace más que mirar y buscar en su interior, intentando hallar el equilibrio consigo mismo y con su entorno y no sé si le gusta lo que ve.

El problema no es la temática o la trama de la novela. Para mí está en el tipo de lenguaje que utiliza. O yo soy muy simple (que bien pudiera ser, vaya esto por delante) o este escritor debería advertir en la portada del libro que es una novela para personas de elevado nivel lingüístico y cultural, dirigida a un público selecto.

Os pongo un ejemplo del lenguaje utilizado:

…su vivir se trocaba puro pleonasmo, pura hipérbole, producida no por la exageración sino por la multiplicidad, llegando al paroxismo en los días que cumplió los veinte (…) tendría yo entonces veinte años era su érase una vez.” (pag.44)

En fin, vuelvo a repetir que quizá yo sea demasiado simple, como ya he dicho. A mí me gusta que la narrativa sea narrativa y la poesía sea poesía. Y que el autor utilice un lenguaje sencillo y comprensible. No creo que ni el autor ni la novela sean mejores por utilizar este tipo de lenguaje y no quiero tener que leer con la novela en una mano y el diccionario en la otra. Me cansa.

logocompra

También puede interesarte...

5 respuestas a “RESEÑA: Los almajos, de Juan Villa”

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: (Ver Leyendo-Ficha técnica) Empezaré por decir que no me ha gustado mucho esta novela, como podéis ver por la calificación que le he dado. La historia no esta mal: un hombre joven que viven en un pequeño pueblo y que va……

  2. Pablo dice:

    La verdad es que no me llama la atención. Y como no te entusiasmó tanto…
    Saludos.

  3. @scen dice:

    Pues no, Pablo, pero lo cierto es que es tan cortito que, cuando te quieres dar cuenta, ya lo has acabado.

  4. antonio dice:

    Esto es una reseña de un libro:
    El Majadal es un poblado de colonización, construido y organizado tras la guerra civil española, donde algunos trabajan y el cura párroco del lugar tiene organizada una casi perpetua timba de invierno en la cantina-colmado del pueblucho. Estos detalles no tendrían mucha relevancia a la hora de hablar de una poderosa historia, magistralmente narrada, si no fuese porque la misma historia podría iniciarse de la siguiente manera: “Si una noche de invierno, un cura… juega a las cartas en la taberna de una aldea perdida donde todos sus habitantes comen lentejas casi todos los días, y las lentejas son el plato santificado por antonomasia…”. Eso quiere decir que algo serio va a suceder.

    Las lentejas, por ejemplo. El sabio griego descubrió que si se alimentaba a un hombre exclusivamente con lentejas, el individuo no moría. Era probable que acabase de lentejas hasta las uñas de los pies, pero no moría. De cuya consecuencia, el sabio griego estableció que en la lenteja se condensaban todos los nutrientes básicos para la vida del ser humano, y por extensión hacia la categórica exigencia de lo “humano”, debía hallarse igualmente, en la lenteja, el soplo primigenio del alma. Razón por la cual, en muy abundante simbología clásica, la lenteja representa al alma y es alimento sacro. Creo que también por ese motivo en Italia se comen doce lentejas en nochebuena, en vez de doce uvas. Y los egipcios, que alimentaban con lentejas a los esclavos que construían las pirámides. Un alimento sagrado para quienes hacían un trabajo sagrado. De manera que los esclavos de El Majadal también se alimentan con lentejas. Pero no caigamos en la foto deprimente de posguerra. Los habitantes de El Majadal no son esclavos de nadie, más que de ellos mismos. Y bastante tienen. Obedecen la ley improfanable de la supervivencia, y por eso mismo no tienen más remedio que actuar como rehenes de su condición. Algunos consiguen acomodarse al duro destino y otros, como Fabián, no acaban de poner los pies en la tierra sin que les duela el alma cuando miran al cielo. Ni pertenecen a El Majadal ni a este mundo (aquel mundo), donde la España de los dos bandos se transcendió a sí misma en la pura realidad de una guerra civil y sus fatídicas consecuencias, porque las guerras acaban y, entonces, suele descubrir el común de las gentes que ya no tienen bando. En realidad, no lo han tenido nunca. “Los suyos” nunca van a llegar. “Los suyos” nunca han existido.

    Corolario. En toda guerra civil hay tres bandos. Los que luchan de un lado, los que luchan de otro y los que luchan por no morir a manos de un bando u otro. Suelen ser los más numerosos. La supervivencia la tienen más o menos clara (no asegurada ni mucho menos), mientras dura la guerra. Cuando acaban de discursear los fusiles y los agujeros de las tapias de fusilar empiezan a echar moho, sobrevivir ya es cuestión más delicada. Aunque surgen problemas con algunos órganos vestigiales como el apéndice, puede que el cuerpo no muera (a fin de cuentas está alimentado con lentejas); pero el alma se cae a pedazos. Se pudre. En tales circunstancias, salir de ese mundo para ir en busca del propio no-sentido de la vida se convierte en un camino corto pero tajante: al monte de los olivos.

    Todo esto lo cuenta Juan Villa Díaz en Los almajos. La novela dura 89 páginas solamente, pero usted no va a olvidarse de que ha leído una obra maestra en 89 meses por lo menos. Eso es seguro, casi tan seguro como que si durante esos 89 meses se alimenta en exclusiva de lentejas, no morirá. Al menos no morirá de hambre. De otra cosa, Dios sabe…

    José Vicente Pascual

  5. @scen dice:

    Yo diría que es mucho más que una reseña. Buen trabajo, José Vicente.