
Aprovechando estos días de vacaciones, he tenido ocasión de hacer un poco de turismo por París, la capital de Francia, la ciudad del glamour. He podido pasear largo y tendido por sus calles, situadas a ambos lados del río Sena, disfrutar de sus monumentos, sus edificios singulares, sus museos, sus tiendas, o mejor dicho, de sus escaparates, y cómo no, de su gente. De su gastronomía no tanto, porque lo cierto es que con tan apretada agenda como llevaba (ya sabéis que la vida del turista es muy dura), lo más que he hecho es mantener el estómago lleno “guarreando” un poco por aquí y otro poco por allá, pero bueno, también así se disfruta creo yo, saltándote a la torera durante unos días la rutina gastronómica. Y de paso, también he podido practicar mis escasos conocimientos de francés, adquiridos en mi época ya lejana de estudiante, y algo aletargados en un pequeño rincón de mi cerebro.

La catedral de Notre Dame. París
En uno de esos largos paseos, ya cayendo la noche, mi cuerpo algo agotado me iba pidiendo un pequeño descanso, y decidí meterme en la primera cafetería que se interpusiera en mi camino para poder asentar mis posaderas, dar un pequeño relax a mis piernas, y de paso tomar un pequeño refrigerio. Y mira tu por dónde ese lugar fue una especie de café literario. Os juro que no lo hice aposta, fue él el que se cruzó en mi camino. Era un sitio tranquilo y acogedor, con poca gente, y rodeado de libros por todas partes, eso sí, todos, o al menos todos los que desde mi posición pude observar, escritos -como es lógico- en francés.

Le café livre. París
-Bonsoir, me dijo el amable camarero al entrar.
-Bonsoir, le contesté yo mientras me dirigía hasta una de las mesas situadas en un rinconcito de la cafetería.
A continuación el camarero se acercó hasta la mesa que había ocupado y me preguntó en un perfecto francés algo así como ¿va usted a cenar?, o al menos eso es lo que yo quise entenderle, sabe dios que es lo que me dijo realmente, la frase era más larga pero yo la resumí con una traducción simple. (Tras este pequeño viaje he podido comprobar que mi conocimiento del francés es una autentica porquería).
- Non merci, je veux une bière s’il vous plaît. ¡Toma ya! dije para mis adentros mientras observaba a mis vecinos y les preguntaba con la mirada ¿quién se atreve a decir que no domino el francés?

Al ratito el camarero me sirvió mi “merecida” cervecita, y mientras la saboreaba pude disfrutar del descanso esperado y de tan estupendo lugar. Y mientras lo hacía, saqué mi cámara de fotos y plasmé el lugar con un recuerdo gráfico. Lo malo es que como soy tan vergonzoso, las fotos las hice sin el flash para no llamar mucho la atención, y claro, así me salieron, pero bueno algo es algo, no vamos a quejarnos ahora por semejante nimiedad.
Cuando decidí que ya era hora de seguir adelante, pedí la cuenta, y tras pagar los ocho euracos largos que me cobraron por las dos cervezas, abandoné el lugar y continué mi camino.

Le café livre. París
El lugar se llamaba LE CAFÉ LIVRE y estaba situado en el número 10 de la rue Saint Martin, muy cerquita de la Île de la Cité, la cuna de París, y donde se encuentra ubicada la mítica Catedral de Notre-Dame.
Otro día, esta vez creo recordar que era cerca de la plaza donde se sitúa el Ayuntamiento, también encontré en plena calle unos tenderetes donde se vendían libros de segunda mano. Y esa extraña obsesión que tengo por los libros, hizo que nuevamente echara mano de mi cámara de fotos, que como podréis comprender me acompañaba a todos los lados donde iba, y me dispuse a hacer unas instantáneas del lugar.

Libros de viejo en las calles de París
Pero en esta ocasión casi tuve que salir “por patas” de allí, porque la señora que regentaba el lugar, cuando me vio haciendo las fotos, me echó una considerable bronca (y lo digo por el tono que usaba, no porque la entendiese lo que me estaba diciendo) mientras movía el dedo en señal de negación. Así que rápidamente guardé la cámara, le pedí perdón en mi perfecto francés mientras lo enfatizaba con un elocuente gesto con la mano, disimulé mirando un par de libros, y me largué del lugar sin más (pero eso sí, con mi par de fotos en la cámara).

Muchos de vosotros pensaréis que todo esto que os acabo de contar es sólo una excusa como otra cualquiera para deciros que he estado en París. Dice el refranero español “piensa mal y acertarás”, y así es, ¡para que nos vamos a engañar!, tenéis toda la razón del mundo, no ha sido más que eso, una excusa para deciros que esta Semana Santa he disfrutado de unas vacaciones en París, y ya de paso… contaros algunas de las cosillas relacionadas con el mundo del libro que he visto por allí. Espero no haberos puesto los dientes muy largos, no era esa mi intención, de veras.
¡Feliz regreso a todos a la vida cotidiana!











Bah, es sólo una excusa como otra cualquiera para decirnos que has estado en París…
París, debe ser una ciudad encantadora… espero poder recorrer su magia en algún futuro (ojalá cercano)
Saludos Jesus!
Lo es, Natalia, lo es. Si tienes ocasión no dejes de visitarla y descubrir su encantos paseando por sus calles. Saludos.
¿y la misa no? jajaja…me ha gustado el título de la entrada.
luego no aguanta uno las piernas (o yo…¡ahh que cansado es eso de conocer el mundo!).
ya me pondré a estudiar francés para que cuando pueda brincar el charco, el idioma no sea ningún problema.
Pues la pasaste muy bien y me da gusto que disfrutaras haciendo el turista con cámara en mano y toda la cosa. Tienes razón cuando dices que la vida del que pasea es sacrificada
Y ¡que coincidencias! caer en esos lugarcillos con libros. La cafetería donde te tomaste la cerveza está preciosa y poco importa que no usaras el flash se aprecia perfecto. Es que los libros nos llaman (yo no se porqué hay personas que no lo creen jajaja)
Me da gusto que nos cuentes cómo la pasaste.
Un abrazo,
Ale.
Es verdad Ale que los libros nos deben de llamar. Te aseguro que entré en esa cafetería como podía haber entrado en cualquier otra, y ya ves … libros por aquí… libros por allá… Un saludo.