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Sherlock Holmes y los zombis de Camford, Alberto López Aroca.

Sherlock Holmes y los zombis de Camford, Alberto López Aroca.

Bueno, sospechaba de antemano que no iba a ser de mis favoritos del género zombie, pero se puede leer tranquilamente si eres un fan de los no muertos. No se me ha hecho tan pesado como otros crossovers, y una vez que obviaba que estábamos hablando del señor Holmes, la historia tiene su intringulis y es digerible. Ahora bien, tiene uno de los ingredientes que a mi más me disgustan, y es el exceso de fantasía.

Puedo entender que se rompan algunas reglas, como que los zombies anden por la tierra, pero si se rompen varias, la historia se nos va de las manos. Ya lo comenté con Necrópolis, de Carlos Sisí. Que la niña tuviera dones de vidente para mí desmerece la historia. Y estamos hablando de Sisí y de los Caminantes, y de sólo una ruptura adicional de la realidad. En esta novela tenemos MUCHAS.

Tenemos los zombies. Venga vale. Ahora añadámosle a un hombre invisible. Errr, bueno. Se le agregan engendros biomecánicos de diversos tamaños (pigmeo >> godzilla) dirigidos remotamente con un radiocontrol. ¿Ein?. Un señor con orejas puntiagudas venido de algún sitio con tecnología avanzada (¿del futuro, del espacio?) con artefactos que le permiten volar, armas explosivas que pulverizan edificios, etc. Además, el señor (o lo que sea) es capaz de trepar por paredes verticales cual lagartija y saltar desde alturas de vértigo. ¿…?. Amuletos hechos de piedras celestiales que conceden la invulnerabilidad a quien los porta… El Dr. Jekyll trasmutándose en Mr. Hide para hacer sus fechorías… Un «area 51» con seres del espacio exterior y del centro de la Tierra, un Yeti… En fin, la lista es interminable por lo que, para mi gusto, el exceso de fantasía del libro de López Aroca hace que sea difícil tomarse la historia en serio.

Leí hace tiempo una reflexión llamado en el blog de El cielo del gavilán que trata sobre este tema, y estoy absolutamente de acuerdo con una frase que cita de Chris Anderson que dice:

Todos los escritores de ciencia ficción conocen esta ley no escrita: sólo puedes romper las leyes de la física una o dos veces en cada narración. Después, lo que imperan son las leyes del mundo real.

Exceptuando eso, la historia es entretenida. Un Holmes a punto de retirarse de la vida de investigador privado, sin un Watson que le eche una mano ya, recibe una petición de ayuda de un colega de profesión, sobre un extraño elixir que devuelve a la vida a los muertos. A falta de su fiel complemento, Holmes deberá echar mano de Mercer, un golfo del barrio que le hace algunos recados. Juntos, indagarán en los misterios de elixir ponzoñoso, y tendrán que evitar ser mordidos por las criaturas que se levanta de su tumba, mientras investigan quien podrá estar detrás de todo esto.

Las pesquisas les llevarán a la Universidad de Camford (un mix entre Cambridge y Oxford, supongo), donde una especie de Mad Doctor está haciendo de las suyas en su laboratorio, investigando múltiples cosas… a cual más siniestra y retorcida.