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Literatura infantil. Pasado, presente y futuro.

Uno de los pocos recuerdos que tengo de mi infancia, tan lejana ya, es cuando acompañaba a mi padre los domingos por la mañana al quiosco de prensa para comprar el periódico. Y, lógicamente, no era por el periódico, sino porque además compraba para nosotros, para mi hermano y para mí, esos tebeos que a lo largo de la semana leíamos y volvíamos a leer hasta que llegaba un nuevo ejemplar el domingo siguiente. Compraba el Tío Vivo y Hazañas Bélicas. No había grandes disputas entre hermanos por ser el primero en leer alguno de ellos. A él le gustaba más leer Hazañas Bélicas, pero a mí, la verdad, no me llamaba mucho la atención. Ese formato atípico, apaisado, con esos dibujos en blanco y negro, me resultaba un poco tétrico y poco llamativo.

Portada de Hazañas Bélicas

Portada de Hazañas Bélicas

Hazañas Bélicas, un tebeo del pasado

Hazañas Bélicas, un tebeo del pasado

Sin embargo me tiraba como un loco a por las historietas de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, Zipi y Zape, Rompetechos…, y por supuesto a por las aventuras y desventuras de ese grupo de pintorescos vecinos de La 13 Rue del Percebe, que siempre ponían, de manera irremediable, el punto y final al tebeo.

Así que no solíamos discutir en este aspecto, mi hermano cogía su tebeo y yo el mío, y cuando por fin lo soltábamos, se producía un intercambio pacífico. También tenía claro que en caso de disputa, al ser él el mayor y por tanto el más fuerte, yo llevaba todas las de perder. Inconvenientes de ser el pequeño.

El Tío Vivo. Portada y contraportada

El Tío Vivo. Portada y contraportada

En aquella época no había libros infantiles o juveniles, tipo Barco de vapor o similares, y si los había, a mi casa desde luego nunca llegaron. Por tanto, el paso a la lectura adulta tuve que hacerlo de forma algo brusca, pero era el precio a pagar por hacernos mayores, por dejar de ser niños.

Por más que busco y rebusco entre mis recuerdos, soy incapaz de acordarme cuál fue el primer libro que leí. Todo lo más lejano que llego a recordar es Edad Prohibida, de Torcuato Luca de Tena, y otro, que tampoco consigo acordarme ahora de su título, bastante impactante por cierto, que nos sumergía de lleno, de la mano de una adolescente rebelde, en el mundo de los reformatorios. Quizás fuese Nacida Inocente, pero no lo puedo asegurar. Pero no creo que ninguno de esos dos fuera mi primera experiencia con la novela, y me da algo de rabia no poder recordarlo, esa es la verdad.

Mi hijo heredó ese entusiasmo e interés mío por los tebeos, aunque su madre también debió de aportar algo en ese aspecto porque, por lo que tengo entendido, era otra lectora empedernida de tebeos. Era bien pequeñajo cuando le compramos su primer tebeo, y a partir de ese momento cualquier ocasión era buena para poner entre sus manos un nuevo ejemplar. Claro, que ya no era el mismo formato de tebeo, ya no existía mi querido Tío Vivo, pero a cambio estaban los “monotemáticos”, los que contenían varias historietas de un mismo personaje. A él le encantaban los de Mortadelo y Filemón, eran sus “prefes”.

Mortadelo y Filemón. ¡¡Qué grandes!!

Mortadelo y Filemón. ¡¡Qué grandes!!

Recuerdo que mi padre se los leía cuando era un enano que aún no sabía leer, y él se quedaba totalmente embelesado mirando fijamente el tebeo. También recuerdo cómo se los contaba, con todo lujo de detalles, señalándole en la viñeta todos esos “adornos” que el dibujante ponía sueltos por ahí, como ese gusano que sale a pasear de un agujero de la madera, o ese ratón que corría huyendo de un malvado gato con cara de asesino. Siempre que le decíamos que íbamos a casa de los abuelos, corría a su habitación para coger uno de sus tebeos, y se lo llevaba debajo del brazo para que se lo contara su abuelo Jesús. Es una imagen que tengo grabada en mi memoria y que creo que nunca se me olvidará, mi padre sentado en su sillón, mi hijo con cuatro o cinco años encima de sus rodillas, y los dos mirando fijamente un tebeo de Mortadelo y Filemón.

Una cosa así es el recuerdo al que me acado de referir, pero claro, con las caras de mi padre y de mi hijo

Una cosa así es el recuerdo al que me acabo de referir, pero claro, con las caras de mi padre y de mi hijo

Cuando un buen día decidió que hacía tiempo que su niñez le había abandonado, se dedicó a quitar todos los muñecos y adornos infantiles con los que su madre y yo, con tanta ilusión, habíamos decorado su habitación a lo largo de esos años, y con ellos también hizo desaparecer esa gran colección de tebeos que había acumulado. Los cogió, los metió en varias cajas, los llevó a su colegio, y los donó a la biblioteca del Centro. Todos, absolutamente todos, sin excepción alguna. A mi me dio una pena tremenda, pero con el tiempo he sabido valorar su acción, y a pesar de los pesares, supongo que fue lo mejor que pudo hacer con ellos.

Mi hija, que llegó a este mundo tres años después que mi hijo, sin embargo nunca tuvo esa pasión por los tebeos, le gustaban más los libros y los cuentos, pero ¡cuidado! a ver qué cuentos, porque eso sí, ella era, y sigue siendo, una persona muy sensible, y eso de que un cervatillo se quedara huérfano, sólo y desvalido, porque su papá era matado por un cazador sin escrúpulos, o que una madrastra quisiera matar a su hija por el simple hecho de ser más guapa que ella, y además pidiera al asesino que le trajera su corazón como prueba, o que unos pobres e indefensos niños fueran abandonados por sus padres por no tener nada que darles de comer en medio de un bosque donde habitaba una cruel bruja que comía niños, le producía una tremenda tristeza.

Había que “dulcificar” de alguna manera esos cuentos mientras se los contábamos, aunque el resultado fuera una historia poco o nada parecida a la original.

Pero lo que de verdad le gustaba a ella, eran los libros, los libros infantiles. Recuerdo algunos de los que estuvieron danzando por su habitación durante mucho tiempo, y que de tanto contárselos terminó por aprenderse de memoria y los iba recitando por ahí con su lengua de trapo. Uno de ellos era  ¡Qué risa de huesos!. Así comienza esta historia

En una oscura oscura colina, había una oscura, oscura ciudad.

En la oscura, oscura ciudad, había una oscura, oscura calle.

En la oscura, oscura calle, había una oscura, oscura casa.

En la oscura, oscura casa, había una oscura, oscura escalera.

Bajo la oscura, oscura escalera, había un oscuro, oscuro sótano.

Y en el oscuro, oscuro sótano …  vivían varios esqueletos.

Había un gran esqueleto, un pequeño esqueleto, y un esqueleto perruno.

¡Qué risa de huesos!. Portada y contraportada del libro.

¡Qué risa de huesos!. Texto de Allan Ahlberg con traducción de Miguel A. Diéguez. Ilustraciones de Janet Ahlberg

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Otro que recuerdo con especial cariño es el de Nana Bunilda come pesadillas, de Mercé Company, que contaba como una anciana encantadora con una máquina especial aspiraba las pesadillas de los niños y las convertía en chocolate. Comenzaba así:

Es pequeña y rechoncha. Más vieja que Matusalén. Su especialidad son los pasteles de manzana, pero por culpa de su trabajo siempre los tiene que hacer de chocolate. Y nadie como ella tiene unas trenzas tan hermosas, tan prácticas y especiales. Así es Nana Bunilda.

Detalle de una de las ilustraciones del libro Nana Bunilda come pesadillas

Detalle de una de las ilustraciones del libro Nana Bunilda come pesadillas. Todas son de Agustí Asensio.

Cuando mi hija tenía esa edad en que las pesadillas son una parte más de sus sueños, su madre cogió este libro que andaba por casa, y que ya le habíamos leído en más de una ocasión, hizo una fotocopia ampliada de la ilustración de Nana Bunilda, la coloreó, y se lo plantó en la cabecera de su cama. Le explicó con mucha ternura que la ponía allí, al lado de su cama, para que velase sus sueños y para que en cuanto apareciese una pesadilla, la aspirase para que no la molestara más. Y dio resultado, ¡vaya que si dio resultado!. Todas las noches se dormía tan feliz convencida de que Nana Bunilda protegería sus sueños. Cuando alguna vez se despertaba con alguna pesadilla, su madre corría a su lado y le decía que no se preocupase, que Nana Bunilda ya la había “cazado” y que enseguida la haría desaparecer. Los efectos eran inmediatos y se volvía a dormir plácidamente. Alguna vez, incluso, he llegado a pensar si no sería verdad que la Señora Bunilda andaba merodeando por allí.

Esta es la ilustración que presidió la cabecera de la cama de mi hija durante esos años

Esta es la ilustración que presidió la cabecera de la cama de mi hija durante esos años

También ella, cuando dejó de ser una niña (¿pero ha dejado de serlo? No me había dado cuenta), se deshizo de todos esos libros infantiles, pero en este caso, ella quiso dárselos a su prima que hacía pocos meses que había venido a este mundo.

Os preguntaréis que a qué viene todo esto que os estoy contando sin ton ni son. Lo cierto es que no lo sé muy bien. Hoy, en uno de esos escasos momentos en que todos liberamos nuestra mente de temas laborales, de problemas personales …, en definitiva de esos asuntos cotidianos que la tienen todo el día ocupada, me ha venido hasta ella, no sé por qué, el recuerdo de los tebeos que leía de pequeño, y una cosa me ha llevado a la otra, y esa otra a otra más… Y después me ha parecido que sería interesante escribirlo, y qué mejor sitio para plasmarlo que este rincón dedicado a la literatura.

Así que sirva esta “reflexión”, o como queráis llamarla, como un pequeño homenaje a esa literatura infantil, sea en la modalidad de tebeo, cuento o libro, que tan buenos momentos me han hecho pasar en mi niñez, en la niñez de mis hijos, y espero que también, cuando lleguen, en la niñez de los hijos de mis hijos. Buenos momentos del pasado, del presente y del futuro que no deberían faltar nunca, nunca, nunca.

Un saludo a todos, amigos lectores.