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El alma se apaga, de Lajos Zilahy

El alma se apaga, de Lajos Zilahy

(Ver Leyendo-Ficha técnica)

Esta es la historia de un joven húngaro que se ve obligado a emigrar de su país con rumbo a Estados Unidos (“la tierra de las oportunidades, donde atan los perros con longanizas”), pues la situación económica de la familia no puede ser peor.

En las primera páginas encontramos a nuestro protagonista, Janos Pekri, con 30 años, que vive ya en América desde hace diez y está casado y con un hijo. Sentado al volante de su coche mientras espera que le llenen el depósito de gasolina, recuerda cómo y en qué circunstancias llegó a este país, y decide que va a escribir su historia para que nunca se le olvide, como legado para su hijo. Y además lo hará en su propio idioma, pues ha constatado con tristeza, que va olvidando algunas palabras de su lengua materna.

Y esta es su historia: Acaba de terminar la I Guerra Mundial; Janos Pekri vive con sus padres y su hermana -un poco mayor que él- en el campo, en una finca medianamente próspera, donde el padre hace y deshace los negocios que mantienen a su familia. Pero muere repentinamente y les deja en una situación bastante precaria, ya que ha dilapidado el dinero ganado y sus negocios se basaban en la amistad de muchos años con clientes y proveedores que respaldaban sus operaciones, pero una vez muerto, ya no están dispuestos a ayudarles.

Llevados por la necesidad, se ven obligados a vender la casa y sus enseres. Despiden al poco personal de servicio que llevaba con ellos toda la vida y Janos intenta buscar trabajo en su localidad. Pero no hay nada para nadie. El país vive una crisis económica muy similar a la que actualmente vivimos –peor incluso- y, aunque intenta no desanimarse, las penurias familiares son terribles.

En un arranque de desesperación decide emigrar a América. Dura decisión que supone separarse de su familia cuando apenas cuenta 20 años. Una imagen grabada a fuego en su mente le acompañará durante muchos años: la de su madre, destrozada por el dolor y con el rostro cubierto de lágrimas, incapaz de soportar la separación.

Pero no importa, la separación no será muy larga. Allí, en América, estará dos años a lo sumo y volverá rico. Recuperará su casa y sus propiedades y no les faltará nunca más de nada. Vivirán holgadamente y sin pasar penalidades. Supongo que esto es lo que piensan la mayoría de las personas que abandonan su país en busca de mejor vida, pero la realidad es bastante diferente.

Cierto es que en Estados Unidos no hay tanta miseria como en su localidad natal, pero el trabajo tampoco está esperándole precisamente con los brazos abiertos. Lo pasa bastante mal, realizando oficios a cual más precario, malviviendo y tentado de volver a su país en más de una ocasión.

Pero nunca vuelve. Cuando las cosas van muy mal, quiere regresar. Sólo tiene que conseguir dinero para el billete de vuelta y ya está. Pero cuando consigue el dinero, piensa que puede aguantar un poco más y ahorrar algún dinero para llevarse a su país. Y así, en un ciclo sin fin, año tras año, va el pobre hombre dando tumbos por la vida.

Es una historia dramática, pero no triste, que nos cuenta la realidad del emigrante –igual ahora que hace cien años– con bastante propiedad. O al menos así me lo parece a mí, visto desde la barrera, claro. Tendríamos que preguntar a personas que han pasado por lo mismo para saber cuanto se ajusta a esa realidad.

El libro empieza un poco lento y la parte de la historia que se desarrolla en Hungría no resulta demasiado interesante, no engancha y se hace algo pesada. A medida que vas avanzando la trama se vuelve más atractiva y, la parte americana, el verdadero nudo de la historia, tiene un ritmo más veloz, por lo que la lectura resulta bastante más amena.

Bien narrado, está escrito con lenguaje llano, sencillo y directo, mostrándonos muy claramente, de manera casi visual, el contraste entre la mentalidad del protagonista y sus amigos del país de acogida, sus diferentes costumbres, las dificultades de no saber, la angustia de no entender el idioma que todos hablan a su alrededor, la desesperación, la tristeza y el abatimiento, y, por supuesto, la fuerza de la juventud que le hace seguir adelante. Pudiera parecer una novela de tintes autobiográficos, pues Zilahy, de origen húngaro, también se estableció en los Estados Unidos, pero no lo es: su peregrinaje fue muy distinto.

Aunque creo que se la puntuación justa serían tres antifaces y medio, voy a darle cuatro pues pienso que hay que valorar que el interés del libro ha ido “in crescendo”, y eso también tiene su mérito.