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Zoombi, Alberto Bermudez.

Zoombi, Alberto Bermudez.

He terminado de leer el libro que tenía entre manos, y lo cierto es que no me ha acabado de gustar. Pensé que me iba a reir mucho más con él, pero no le he acabado de pillar el punto. Seguramente es que mi sentido del humor es muy particular, porque otras personas que lo han leído me han dicho que se han partido a carcajadas al leerlo. Yo no, desde luego. Alguna sonrisilla al principio, pero según iba pasando el tiempo dejó de hacerme gracia.

El planteamiento de la novela parte de una buena e interesante base. El prota es un tipo bastante friki, de los que se pasan el día metido en foros sobre zombies, y tomándose la cosa medio en serio, investigando sobre el tema, conversando con otros fikis como él sobre las mejores medidas a tomar en un holocausto zombie, cuales serían las armas más adecuads, etc. Vamos un tipo rarito.

El caso es que al final la infección zombi llega, y este tipejo está preparado para hacerle frente, con su super entrenamiento ninja, y sus años de preparación. Lo primero que hace es ir a ver a su vecino, que tiene un arma (es tirador olimpico) y se la intenta cambiar por unos chorizos y una morcilla de Burgos casi entera. Es rechazado sin miramientos, a pesar de que añade una jamón a la oferta, y de que ha ensayado con anterioridad el díalogo y la negociación frente al espejo. Tras su primer contratiempo, empieza a escribir un diario para dejar legado escrito de sus hazañas, como la de ir al estanco a por tabaco de pipa (que le ayuda a ir al baño, ya que sufre de problemas intestinales), que paga rigurosamente aunque el estanco esté desierto. Que le pone siglas a sus planes maetros, como PSA (Plan de Supervivencia Avanzada), PRZP (Plan de Reconstrucción de Zonas Próximas), PAAAZ (Protocolo de Actuación Ante el Ataque de un Zombie) y similares. Vamos me esperaba encontrar un Ignatius J. Reilly de los zombies.

Así me imaginaba yo al protegonista del libro.

Así me imaginaba yo al protagonista del libro.

El problema con el que me encontré, es que el tipo, según va avanzando el libro, no es tan patético como nos lo pintaban. Realmente ha estdiado artes marciales, y le sacude algún leñazo a un zombie, los planes que va tramando, dentro de lo absurdo, le van saliendo bien. Vamos que no acaba de ser gracioso por el lado patético, ya que su comportamiento es casi el normal de un prota en un libro de zombies, quizá acompañado de un lenguaje un poco grandilocuente y un carácter un tanto particular.

Lo que pasa es que tampoco es tan convencional como para que te lo tomes en serio, por lo que no acaba de ser una cosa de humor, ni una novela de terror. Como diría el vulgo, «ni chicha ni limoná».

Acompañando al prota tenemos unos personajes pintorescos, autodenominados «La Resistencia», un par de porreros que estan todo el rato fumados, un matrimonio de yayos que forman un peculiar tándem «blasfemo-beata», un policía municipal y la ex-novia del prota que le dejó por friki. Para que os hagáis una idea de los planes de La Resistencia o LR, como los bautiza el prota, sus primeras acciones son ponerse nombres de guerra (Donovan, Serpiente, Trancos, El Cid, etc), y dibujar un escudo. Pintorescos, ya os digo.

En fin, puede que me tome los zombies demasiado en serio, pero lo que me gusta de una novela apocaliptica es el ambiente opresivo, la desesperación, el terror… y no acabo de encajar bien los remedos humorísticos. Por eso no me gusto la ZSG, ni le acabé de pillar el punto a los diálogos de Apocalipsis Island. Soy más tradicional. Sin embargo, si que disfruté las pelis de Fido y Shawn of the Dead, aunque nunca pude soportar otras como La divertida noche de los muertos vivientes ni todos los subproductos de los zombies punkies esos que dicen «cereeeeeebrosss». ¿A ver si el rarito al final voy a ser yo?.

Esto si que hubiera molado.

Esto si que hubiera molado, ¿eh?.