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... en un lugar llamado Tierra, de Jordi Sierra i Fabra.

... en un lugar llamado Tierra, de Jordi Sierra i Fabra.

(ver Leyendo-Ficha Técnica)

Esta obra es la primera de la trilogía “El ciclo de las Tierras”. La segunda, «Regreso a un lugar llamado Tierra» y la tercera, “El testamento de un lugar llamado Tierra”, no las tengo, pero ya os informo que, en cuanto las vea, me haré con ellas.

Con esto creo que vengo a resumir qué me ha parecido el libro. Un libro que leí de un tirón descansando sólo para dormir.

La historia empieza en un futuro lejano, en que una guerra nuclear ha destrozado la Tierra y, en una emigración masiva la humanidad ha encontrado un planeta similar para asentarse.

En esta nueva era, los hombres conviven con las máquinas. Las máquinas son perfectas, los hombres no, pero los hombres crearon a las máquinas y éstas aún les necesitan. Todos aceptan la situación: Las máquinas gobiernan el mundo y los hombres son felices. También pueden trabajar en lo que más les guste, incluso “ayudando” a las máquinas, pero siempre bajo su control, pues son seres superiores. Superiores en cuanto a inteligencia, pues constitucionalmente son iguales ante la ley y ante la sociedad entera.

Pero de repente, ocurre algo muy extraño. Tan extraño que parece imposible. Una nave expedicionaria vuelve a la base con el piloto automático puesto. Tienen que ayudarla a aterrizar y al entrar en ella descubren a sus dos pasajeros, una máquina y un hombre. La máquina, el capitán Ludoz 7-521, está muerto. Ha sido desconectado. El hombre Djub Ehr, se encuentra sumido en un sueño letárgico, imprescindible para que los seres humanos puedan viajar por el espacio a la velocidad de la luz.

Sólo hay una explicación posible: el humano ha matado a la máquina, puesto que éstas no están programadas para suicidarse. Este tipo de acciones sólo son propias de los humanos.

Parece que todo está bastante claro, pero nuestro protagonista, el reputado científico Hal Yakzuby, recibe la llamada de la mujer del acusado pidiéndole que le defienda en el juicio, pues su marido es inocente.

Esto plantea un problema: Los abogados defensores son siempre máquinas, no humanos, puesto que las máquinas nunca se equivocan. Se reúnen el Juez, el fiscal y el abogado y, entre los tres, deciden qué es lo justo.

No obstante, se lo van a permitir. No hay nada en su Constitución que se lo impida, aunque todos lo ven como una pérdida de tiempo. Al principio, incluso el propio defensor, lo ve como un caso perdido, pero cree que no tiene más remedio que hacerlo. A él también le parece imposible cualquier otra explicación, pero por alguna extraña razón, cree que el acusado es inocente. Una intuición, quizá, le dice que el capitán de la nave, una máquina perfecta, con un historial impecable, podría haberse suicidado.

Sabe que esta explicación no va a ser admitida. Él mismo ve que no es lógico y las máquinas actúan siempre con lógica. Podría ser el fin de su brillante carrera, pero sabe que nadie más que un humano podría defender a Djub Ehr en esta situación. Sólo así podría tener una oportunidad, aún en el caso de ser culpable. Sólo él pondrá el esfuerzo y la pasión necesaria para que tenga la mejor defensa.